Entre terapias negadas y flores que alivian, el cannabis medicinal se convierte en refugio para quienes enfrentamos la fragilidad del sistema de salud
Por Amanda Díaz de Hoyo
Con Cannas
En estos días, cuando se me vencía mi licencia como paciente cannábico, continuaba mi lucha con el plan médico privado que tengo para que me aprueben un tratamiento que necesito. De momento, sentía que esto me abrumaba, y no es para menos. Supongo que a muchos pacientes les pasa lo mismo.
Para quienes pasamos el Niágara en bicicleta con estos seguros tan inseguros, el cannabis se convierte en un bálsamo. Renovar la licencia es relativamente fácil y económico. El cannabis nos da alivio y nos relaja mientras bregamos con otros asuntos. Al menos, cuando voy al dispensario, no me van a decir: “Su plan no le permite Pink Champagne o Northern Lights”.
Como he expresado en este sacro espacio, todavía nos falta mucho por mejorar en términos de los ofrecimientos a los pacientes cannábicos. Se requieren ajustes que promuevan, con compromiso y seriedad, el desarrollo de la industria. Parte de esto le toca al gobierno.
Uno de los puntos clave que, como pacientes, requerimos es que se nos garantice la óptima calidad de los productos con un excelente sistema de control de calidad. Hay marcas… y hay marcas.
El aspecto de educación al paciente se ha relegado a las preguntas que hacemos a los budtenders, a los médicos cannábicos, al espacio que ofrece la Revista Crónicas y a páginas cibernéticas, algunas de las cuales valen la pena y otras son cuestionables.
Para desarrollar un esfuerzo educativo coordinado y promover un programa de educación cannábica para pacientes que incluya temas como el uso correcto del cannabis, la importancia de la microdosificación y las diferentes cepas para atender condiciones de salud específicas, entre otros, debe haber una coalición entre la industria y el Departamento de Salud.
Desde otorgar una licencia como la que se emitía antes—oficial, profesional y bien diseñada—en vez de unos papeles impresos sin personalidad y que cualquiera podría replicar con una impresora casera, hasta implementar un sistema de clasificación de productos según un ente evaluador de reputación comprobada, hay múltiples aspectos que podrían posicionar la industria puertorriqueña del cannabis medicinal como una de las mejores del mundo.
¿Por qué insisto en la educación al paciente? Desde mi perspectiva como paciente, he tenido que aprender mucho por mi cuenta. Tuve la gran suerte de contar con un mentor: el Dr. Jaime Claudio Villamil, versado en esta medicina y gran humanista. Mis fuentes son mayormente académicas y científicas, lo que se evidencia en estas columnas, porque la responsabilidad de presentar datos correctos y hallazgos innovadores va de la mano con los avances de la ciencia cannábica.
La inversión en la educación al paciente rinde frutos y permite el crecimiento del cannabis como parte de un sistema de salud integrado, en tiempos en que los sistemas tradicionales están bastante precarios.
Hace unos días, recibí una llamada de una conocida porque le había recomendado el cannabis a una paciente con artritis reumatoide. Se trata de una persona de mayor edad cuyos medicamentos no le alivian los intensos dolores que le causa su condición. Lo primero que le sugerí fue una consulta con un médico cannábico, que se certificara como paciente luego de una orientación a fondo y que, a partir de ahí, se estableciera un tratamiento específico. Conversé sobre el tema con el Dr. Francisco Cardona, de MConWheels, quien me confirmó que para esta condición en particular tiene un protocolo específico para los pacientes. Por eso es importante educarse y buscar las alternativas adecuadas para cada condición.
Mientras tanto, seguiré entre el cannabis y la lucha con mi plan médico. Prenderé un par de velas y le pediré al universo que me aprueben el tratamiento.